Retos personales de Ana Genover: dejar de fumar, hacer deporte.

Spinning en Londres

Hace un año y medio que dejé de fumar. No fue nada fácil desengancharme de la nicotina y he de confesar que, muy al principio, hubo una pequeña recaída que lo podría haber mandado todo al garete. Pero me mantuve fuerte y a día de hoy el tabaco sigue fuera de mi vida. Era la tercera vez que lo intentaba, lo que hizo que esta tercera vez fuera diferente a las dos primeras fue el darme cuenta del deterioro que el tabaco estaba teniendo en mi salud.

Desde niña, durante el verano en un pueblecito al norte de la ciudad de Gerona, con mis padres y mis hermanos solíamos ir en bicicleta a buscar el pan y el periódico para el desayuno. La única tienda que hay en unos cuantos quilómetros a la redonda está en el pueblo vecino, y a los diez años esa colina parecía que era la cosa más alta y empinada del mundo. Aunque recuerdo que nos costaba y nos quejábamos, mis hermanos y yo siempre alcanzábamos la cima. Hasta que nos hicimos mayores. Primero empecé negándome a despertarme tan temprano y ya después empecé a tener mi propia vida y a querer pasar el verano descubriendo el mundo en solitario. Mi padre era el único que se mantenía en la bicicleta, mi madre hacía footing.

Si pasaba alguno de los días de verano con mis padres preguntaban si quería ir, sobre todo era mi padre el que insistía, pero normalmente mi respuesta era que ni hablar, que durante las vacaciones uno no debía levantarse con el despertador. Me parecía un insulto. ¡Yo quería dormir! “Dormir es empezar a morir” me contestaba siempre él.

Tuve que sentarme en el suelo, blanca como el papel y esperar a que mi padre se diera cuenta que no lo seguía y diera media vuelta. Los oídos me pitaban y me sentía la persona más ridícula del mundo, de hecho, esta es la primera vez que cuento esta historia fuera del círculo familiar.

Finalmente, cuando volví a animarme y decidí levantarme temprano al menos un solo día de las vacaciones de verano, simplemente no pude ni llegar al pueblo vecino. Esas carreteras y caminos de el Pla de l’Estany los debo haber recorrido un millón de veces, la diferencia es que esa vez fui incapaz de subir la colina que separa un pueblo del otro. Simplemente mi cuerpo no aguantó: mi corazón no era capaz de bombear suficiente sangre y mi cerebro no recibía suficiente oxígeno.La combinación de una cosa con la otra ya la sabéis. Tuve que sentarme en el suelo, blanca como el papel y esperar a que mi padre se diera cuenta que no lo seguía y diera media vuelta. Los oídos me pitaban y me sentía la persona más ridícula del mundo, de hecho, esta es la primera vez que cuento esta historia fuera del círculo familiar

Aunque la decisión no vino enseguida, la semilla ya estaba allí e iba creciendo más y más. Empecé a ir más regularmente al gimnasio y a comer de manera más sana, pero lo que realmente me frenaba aún estaba entre mis dedos, en mi bolso, en mi escritorio y en mis labios. Con el tiempo me di cuenta de lo mal que huele la gente que fuma, sobre todo cuando acaban de apagar el cigarrillo, de la dependencia que crea, del no poder salir de casa con comprobar que llevas todo el material necesario para liar un cigarrillo… Todo eso se tenía que acabar.

Con el tiempo me di cuenta de lo mal que huele la gente que fuma, sobre todo cuando acaban de apagar el cigarrillo, de la dependencia que crea, del no poder salir de casa son comprobar que llevas todo el material necesario para liar un cigarrillo… Todo eso se tenía que acabar.

Y así fue. Pedí hora con la enfermera en el centro de atención de primaria en la que estoy registrada en Greenwich y desde entonces, el dejar de fumar, ha pasado a ser la segunda mejor decisión que he tomado en mi vida y la razón por la cual terminé en estas locas clases de ‘spinning’.

 

spinning londres greenwiich

 

La primera clase fue dura, ni tan siquiera podía ponerme en pie cada vez que la profesora lo pedía desde su tarima. Mi objetivo en esa primera clase fue el ser capaz de pedalear a buen ritmo lo que duraba la clase, es decir 45 minutos seguidos. A la cuarta clase seguía igual, el chico que tenía al lado me preguntó si me encontraba bien… un poco más y se me salen los pulmones y el corazón disparados del pecho, pero también lo conseguí. Al terminar la clase la profesora me preguntó otra vez si me estaba bien y le dije que si, que tan solo era mi cuarta clase de spinning y que necesitaba aclimatarme. “Well done babe!” me dijo con cara de aprobación, así supe que tampoco lo estaba haciendo tan mal.

Al principio lo que más apuro me daba era que todo el mundo viera mi cara de dolor y que se dieran que tan solo un poco de ejercicio podía con mi cuerpo. Simplemente no quería pasar por aquella humillación. Ahora sé que es una estupidez, pero al estar en tan baja forma, no me apetecía que los demás vieran cómo me desgañitaba encima de la bicicleta estática. Además, mi piel en general y mis mejillas en particular tienden a ponerse muy rojas cuando hago ejercicio y la cosa parece aún peor de lo que es en realidad.

Ahora, cada viernes por la tarde me envuelvo de oscuridad, de luces de colores y una bola disco para hacer ejercicio. La música resuena con fuerza y la entrenadora nos anima y da órdenes con su micrófono desde su bicicleta. Al mismo tiempo puedo ver la piscina de olas, puedo ver el Támesis y sus atardeceres, puedo ver los barcos de mercancías y los ferris que desembarcan a la gente que cruza el río. Y mientras tanto mis piernas se van fortaleciendo, poco a poco pero a buen ritmo, y mis pulmones se van limpiando. Y cada vez que salgo por la puerta al terminar recuerdo ese día que fui incapaz de subir la cuesta del pueblo vecino y sonrío, ¡eso no me puede volver a pasar nunca más!

Ana Genover

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Cristina Gómez

Me encanta el deporte y admiro a la gente que lucha por conseguir sus objetivos, que se marca retos, gente auténtica que cree en sí misma y no sigue modas, que hace siempre lo que quiere sin importarle lo que opinan los demás. Los que dan el 100 x 100 a cada momento, los que irradian naturalidad. :)